26 nov. 2011

SOLO PASARON DIEZ VERSION EN PDF La necesidad de convencer a los rusos de que Gran Bretaña estaba firmemente decidida a ayudarles, al precio que fuera, significaba que el convoy PPQ-17 debía partir, aunque todos sabían que la operación era un grave error estratégico. En efecto, en junio de 1942 los alemanes habían reunido una poderosa formación de buques de superficie a los largo de las costas centrales y septentrionales de Noruega, y habían reforzado también la Luftwaffe, decididos a destruir el próximo convoy de las fuerzas de la Marina aliada con un ataque a ultranza. A primeros de junio de 1942 el Almirantazgo supo, a través del Servicio de Información, que los alemanes estaban proyectando un ataque en gran escala contra el próximo convoy que se dirigiera a Rusia. La Marina alemana había reunido una poderosa formación de buques de superficie en aguas de Noruega y no se podría impedir que también se concentrasen en la zona numerosos submarinos. Pero la amenaza más grave la representaba el notable refuerzo de la Luftwaffe. El almirante Sir John Tovey consideraba ka situación estratégica como «totalmente favorable» al enemigo. Los buques pesados germanos operarían a poca distancia de sus costas, con el apoyo de poderosas fuerzas aéreas de reconocimiento y de ataque y con la protección de una escolta de submarinos en los canales que se abren entre las Spitzbergen y Noruega. En cambio, a nuestras unidades de cobertura, una vez penetraran en aquellas aguas, les faltaría el apoyo aéreo de las bases costeras, a 1000 millas de distancia, y los destructores no tendrían la suficiente cantidad de reserva de combustible para poder escoltar hasta un puerto cualquier buque que se encontrara averiado. El almirante Tovey y el teniente general de Aviación sir Philip Joubert de la Ferté, comandante en jefe del Coastal Command, aconsejaban el envío de algunos aviones de gran autonomía y de un escuadrón de aviones torpederos a las costas septentrionales de la URSS, y de los sondeos realizados en este sentido cerca de los soviéticos resultó que éstos estaban dispuestos a prestar todo el apoyo necesario. Pero en aquel período el mando costero sólo disponía de dos escuadrones de aviones torpederos y el Almirantazgo, por su parte, con el recuerdo reciente y margo de la victoriosa correría llevada a cabo en febrero por el Scharhorst y Gneisenau en el canal de la Mancha y temeroso de que los buques alemanes intentasen irrumpir en el Atlántico, no quiso saber nada de debilitar las fuerzas de ataque en las aguas metropolitanas. Tan sólo permitió el traspaso al lago Lachta, cerca de Arjánguelsk, de ocho hidroaviones ara la lucha antisubmarina. Las órdenes dadas por el almirantazgo al convoy PQ-17, eran, en síntesis, las siguientes: al oeste de la isla de los Osos, cualquier eventual ataque de fuerzas enemigas de superficie debería ser afrontado por las fuerzas enemigas de superficie británicas; en cambio, si el ataque se desencadenaba al este de la isla citada, la misión de defensa correspondía a los submarinos aliados. Los cruceros que acompañaban al convoy no debían llegar al este de la isla de los Osos si las fuerzas enemigas de superficie incluían buques con los que no se podían enfrentar. La defensa contra los ataques de los submarinos se reforzaría con destructores agregados a la escolta próxima compuesta de corbetas, dragaminas y pesqueros. Sin embargo, contra los ataques desde el aire, a excepción de un único avión de caza embarcado en un mercante provisto de catapulta, el convoy no contaba más que con los cañones de las unidades de escolta y con los que montaban los mismos mercantes, a los que se les agregaron dos buques modificados como unidades antiaéreas, el Palomares y el Pozarica.

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